19 Jan 2014

Esperando a Ruiz

Comments Off on Esperando a Ruiz Ciencia Ficción, Ensayo, Fantasía, General, Novela, Relatos


Algo malo debe tener el fándom cuando nadie quiere que lo asocien con él y además se le atribuyen gran parte de las culpas del sector editorial de género pero ninguno de sus méritos.

Establezcamos un punto de partida: si bien algunos lectores de ciencia ficción y fantasía poseen un descomunal bagaje literario, la mayoría sólo devora basura y se relame al terminar. Gira la cabeza negándolo cuanto quieras, pero es así y no es un fenómeno exclusivo: sucede tanto dentro como fuera de nuestro particular horizonte de sucesos. Para un observador externo que mira desde más allá de sus fantásticas fronteras, el género apesta. Los editores corren a rescatar a cualquier autor de ese enjambre de moscas en cuanto les es posible: obtienen así más público objetivo, más ventas potenciales y un mejor olor. En este artículo de Javier Calvo, Pablo Mazo lo resume afirmando que el lector mainstream pasa de Ballard y el de género, de Borges. Yo me pregunto si era humanamente posible plantear un ejemplo más desafortunado, pero la idea se entiende.

Es cierto: el fandomita medio no lee en otros idiomas, no tiene más referentes que los que le llegan mediante ediciones y traducciones pésimas (por suerte esto empieza a cambiar), no tiene un gran criterio y —seamos sinceros— tampoco aspira a tenerlo. Esta realidad no es muy distinta de la de cualquier sector literario o cultural que tomemos en España. Se pueden entonar el «mea culpa» y seguir cada uno con su vida.

Pero hay un cargo que también se le imputa al fandomita y que resulta del todo improcedente: la falta de buenos escritores de género en español.

El argumento es más o menos como sigue: el fandomita lee basura, por lo que cualquier cosa le vale con tal de que sea sencilla de leer (esto es: mala). Como estos mismos lectores sin criterio son los que reseñan y debaten (en blogs, en foros, etc.) y en cuyos comentarios se basa a su vez la opinión de lectores todavía más gañanes, se agranda interminablemente el daño que provoca su ignorancia. Aún más: como estos «críticos» no están preparados para escribir lo que escriben y opinar sobre lo que opinan, los escritores de género en castellano no sólo no reciben la reprimenda que merecen al publicar un mal texto (inundando el mercado de ellos) sino que por el contrario recogen halagos sin fundamento por obras menores (el aficionado es así). Por último, los propios escritores carecen de incentivos para subir el nivel de sus trabajos, al ser minúscula tanto la competencia entre sus colegas del ramo como la exigencia de sus lectores.

Este argumento es sencillamente ridículo.

Admitamos algo: el fandomita, por su propia naturaleza, quiere, desea, anhela encontrar un escritor nacional al que poder admirar, un autor cercano al que perseguir por eventos promocionales, en firmas de libros, en ferias, en conferencias. Le dará todo el apoyo posible e incluso pecará al entregar un plus de entusiasmo a cambio de casi nada.

Pero eso no altera el hecho de que quien escribe lo hace a solas con su teclado y su imaginación, y que es él su primer y su último lector, el alfa y el omega de su creación y, para bien o para mal, el responsable único de la secuencia de palabras y símbolos que compondrá su texto. Vaticino sin dificultad que este artículo que ahora lees y yo redacto no será el mejor escrito en castellano este año. No me escudo en el bajo nivel de otros articulistas (o en el alto, sería una posición similar) ni en la falta de críticas o exceso de palmeros para sugerir que no tenía aliciente para pulirlo más, hacerlo más inteligente o fluido, para entregar un trabajo más digno. La responsabilidad única de este texto es mía, independientemente de la existencia siquiera de lectores: lo que aquí lees es lo que he sido capaz de hacer, ni más ni menos.

¿Dónde está el lector?

¿Dónde está el lector?

Ocurre lo mismo con todo trabajo creativo, con las novelas o los relatos. Si el género local que se ha publicado es abundantemente malo, pongamos el dedo a señalar no hacia los lectores, sino hacia los escritores. La humana complacencia por verse en negro sobre blanco, por recibir elogios, por vender algún ejemplar, no sirve de excusa bajo ninguna circunstancia. No es un argumento. Que disfruten de sus cinco minutos de gloria como les plazca, pero que no busquen a otros para culparles de su propia incompetencia. Que cuando alguien valore su obra, positiva o negativamente, lo agradezca. Pero que después lo ignore y vuelva a sentarse a trabajar más duro y mejor.

Hay ejemplos abundantes del bajo nivel de nuestro género, y aquellos que van predicando su excelente estado de salud harían bien en dejar la medicina y dedicarse a otros menesteres. Si hablamos del relato de ciencia ficción, por ejemplo, tenemos la antología Prospectivas, editada por Salto de Página, que recomiendo a cualquier aficionado al género no por su calidad sino por su naturaleza de piedra de toque. Su objetivo era encontrar lo mejor de lo mejor dentro del relato de ciencia ficción publicado en España. Supongamos que lo ha logrado. Si se argumenta que las opiniones de los aficionados sin formación son ridículas y desmesuradas, no se quedan atrás las del propio antólogo de Prospectivas —Fernando Ángel Moreno, doctor en Teoría de la Literatura y profesor universitario asociado–, que destaca sin rubor alguno el primer cuento de su antología (El rebaño, de César Mallorquí) como «uno de los mejores relatos jamás escritos en la historia de la ciencia ficción», lo que suena a exageración sin haberlo leído y provoca lástima por el antólogo tras hacerlo. Porque sin ser un mal cuento, como dice mi amigo Miquel Codony en su reseña del libro, «no puede ser el mejor cuento de la ciencia ficción española cuando, para mí, ni siquiera es el mejor del volumen». Parece que la academia también necesita exagerar los talentos locales para tener algo de lo que comer.

Para no referirnos únicamente a relatos escritos en el pasado y evaluar también textos modernos, podemos tomar el pulso nacional con las dos antologías Terra Nova. La primera, motorizada únicamente con el esfuerzo personal de sus dos editores, selecciona relatos en castellano que paliceden al lado de los que se incluyen en inglés bajo la misma cubierta. En la segunda Terra Nova, impulsada (ahora sí) por una poderosa compañía editorial capaz de rescatar textos de mejores escritores, las diferencias entre los cuentos locales y los extrajeros son, en contra de lo que cabe esperar, aún más abismales.

En nuestra novela el estado es igual de desastroso. Baste recordar la faja de Cenital, en la que se  afirmaba que era «una de las cinco mejores novelas de la ciencia ficción española», de lo que se concluye que sólo hay cuatro mejores. Y lo triste, lo desgarrador, es que muy probablemente es cierto. En fantasía el panorama es casi tan plomizo, y de terror mejor no hablamos.

En mi opinión, el mejor género en España lo escriben hoy día los traductores. Hay pocos textos de género nacidos en la piel de toro comparables en fuerza idiomática a las traducciones de Manuel de los Reyes o Silvia Schettin, por ejemplo. Los traductores conocen la tradición mundial y la escena internacional actual, trabajan sus textos con más cariño y delicadeza que los escritores nacionales y son los que más se enfangan para ampliar el propio idioma, para hacerlo crecer. Cierto, ellos no escriben las tramas. Es lo único que les queda.

¿Es todo negro bajo el cielo ibérico? No, por supuesto. Hay talentos ciertos (Palma, Cotrina, Eximeno, Vaquerizo, …), muchos relatos decentes, algunas novelas dignas, hay mucha maquinaria escupiendo palabras, nuevas editoriales e iniciativas que disparan hacia todas direcciones para tratar de acertar en algún blanco. En todo este caldo burbujeante se está gestando una tradición de la que carecemos. Y eso es bueno, porque no sabemos escribir género pero estamos aprendiendo.

Al hablarle de esta entrada, mi amigo Carlos García (de Sin Solapas/Con Solapas) afirmaba muy acertadamente que podremos mantener la cabeza alta al hablar de género en España cuando tengamos a una figura indiscutible, internacional, a nuestro Wells, nuestro Lem o nuestro Asimov. Pero la posibilidad de que ese escritor exista y que llegue su Fundación o Ciberíada no está en nuestras manos o en la de los editores: está sólo en las suyas. Agachemos la cabeza mientras tanto, sentados, esperando a nuestro Ruiz.


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