22 Apr 2013

Una responsabilidad inesperada

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Acababa de terminar la presentación de Conversaciones con David Foster Wallace en el sótano de Tipos Infames, la acogedora librería escogida por la editorial Pálido Fuego para el evento.
Me acerqué a Óscar Esquivias, uno de los ponentes, para felicitarlo por la charla y sobre todo para darle la enhorabuena en persona por un relato suyo que había leído tiempo atrás.

— Buenas noches — dije –. Soy el bloguero detrás de leemaslibros. Leí El arpa eólica en Steampunk: antología retrofuturista y quería que supieras que me encantó.
— Muchas gracias. Leí tu reseña, decías que te había recordado algo a Félix J. Palma, me gustó mucho. Gracias por escribirla.

El autor. Había leído mi reseña. Y le había gustado.

El ejemplo de Óscar no es excepcional: la escala literaria tradicional ha muerto y ha dado paso a otra donde el bloguero está más cerca del escritor de lo que cree.

Hace poco más de dos años abrí este blog con el único objetivo consciente de devolver a la red parte de lo que me había dado, hablando de una de las pocas cosas que me apasionan: los libros. Había por descontado otras metas subconscientes (establecer una rutina de escritura, aprender más sobre el mundo de los libros, conectar con otros lectores, etc.) pero la mayoría simplemente las he ido incorporando con el paso del tiempo. Me maravilla la gente que parece tenerlo todo claro desde el arranque; yo no funciono así. Con cada paso descubro nuevas alternativas y el tiempo, la inseguridad y la pereza se encargan de filtran entre ellas.

Por eso me sorprendió al principio que las editoriales me entregaran ejemplares de cortesía. “A mí”, pensé. “Regalan libros al último eslabón de la cadena lectora”. He reseñado sólo los que de una forma u otra merecían la pena y he dejado pasar los que no. Algunas editoriales publicaron esas reseñas e incluso colgaron extractos en sus sitios web: una simbiosis excelente.

Más tarde comencé a seguir a distintos autores a través de las redes sociales. Algunos comenzaron a seguirme a mí. ¡A mí! Me resultaba cómico que algún autor prestara atención a lo que yo pudiera decir. Me sentía extraño con una atención inmerecida. Los protagonistas de todo esto son los libros y los escritores. Yo, al fin y al cabo, soy sólo un lector con blog.

Pero lo cierto es que, aunque me siga sorprendiendo, esta atención es más corriente de lo que pensaba: editoriales que siguen y retuitean  a cualquiera que comente sobre sus libros, que envían material periodístico a los blogueros, que agradecen las críticas y escritores que leen al lector. Comprendemos que la inversión de los valores tradicionales es total cuando en lugar de ser los lectores los que persiguen al autor, es éste el que presta oídos al aficionado, el que pide que se le reseñe, el que explica que cualquier reseña — incluso una negativa –, es mejor que ninguna reseña, porque es preferible escribir el libro más vapuleado que escribir la mejor novela de la que nadie habla.
Mundo editorial

De forma más acentuada cada día, los libros que no están en la red simplemente no existen. Los medios clásicos de promoción, moribundos, han dado paso a una red global de búsquedas y recomendaciones en la que el lector último tiene una voz potente.  Los hábitos de consumo de libros están cambiando vertiginosamente y los editores, los escritores y hasta los propios lectores se tambalean ante el vaivén de revoluciones que todos sabemos que acabará hundiendo el barco literario, aunque nadie sepa a ciencia cierta qué parte quedará sumergida y cuál se alzará por encima del resto.

Así que, por más intuiciones que tenga al respecto, no sé cómo será el panorama dentro de unos años. Pero tengo claro que hoy, quizá por primera vez en la historia, los lectores tenemos un verdadero peso específico a la hora de lograr que un autor al que admiramos progrese, salga del anonimato, sea justamente retribuido y finalmente cierre el círculo completando más poemas, más cuentos, más novelas, porque ahora el autor no está lejos en una torre intocable de cristal, sino al lado de los que — con nuestras compras primero y con nuestras valoraciones después — permitimos que pueda dedicarse justamente a escribir los libros que nos gustan.

Últimamente me cuesta hacer reseñas. No se debe a que los libros que leo sean más complicados ni a que sufra parálisis de escritor (aunque para mí escribir no es nunca fácil). No. Se trata de que, poco a poco, se me ha colado dentro el peso de una responsabilidad inesperada.


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