11 Feb 2013

Cuatro comienzos en busca de autor

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La mayoría de la gente que conozco lee la contraportada antes de comprar un libro.

Yo no lo hago jamás.

Es un pérdida de tiempo: las contraportadas son para los que quieren que el departamento de márketing les convenza. ¿Qué esperan encontrar ahí? Sólo habrá elogios que encumbran ese libro particular como el texto definitivo, la última frontera de la narrativa, una obra incomparable. Incluso la trama resumida será atractiva: dadle Ulises a un experto en copywriting y lo venderá por la trama; es su trabajo, y sabe hacerlo.

Lo que va en la contraportada es un texto de venta: apela al comprador, no al lector, porque es publicidad, no lectura.

Yo abro el libro por la primera página y empiezo a leer. Ese texto sí es producto del trabajo del escritor. Y quiero que su trabajo me lo venda él, quiero que sea él quien me convenza con su voz y sus historias.

Pero una escritora novel afirmaba hace poco que no se podía leer un libro en tres días y que tampoco se podía sacar un juicio sobre el mismo sin haberlo leído entero.

Discrepo en ambos puntos, pero del primero no hablaré aquí; esta entrada es sobre el segundo.

¿Cuánto tiempo es necesario para establecer un juicio firme sobre una obra? ¿Cuántas páginas es necesario leer para decidir si un libro es bueno o malo?

Son preguntas complicadas que no tienen una respuesta única, pero en gran parte de los casos bastan unas líneas para sacar algunas conclusiones. Como hay muchos lectores como la escritora novel de arriba, os propongo un ejercicio que se puede hacer con cualquier libro y que, de manera inconsciente, no verbalizada, es parte del proceso lector.

Analicemos unos cuantos comienzos de novelas.

Con esta entrada también quiero cubrir de forma rudimentaria una petición habitual de muchos lectores a la que no atienden gran parte de los intelectuales.

Los intelectuales afirman que Shakespeare es mejor lectura que Dan Brown, pero no lo explican o aportan pruebas. Se reirán al leer esta última frase (¿no es evidente?, dirán). Sospecho que ellos nacieron sabiendo. Los demás, no. Y lo que sabemos, o nos lo ha enseñado alguien o lo hemos aprendido poco a poco, con mucho esfuerzo. Nunca viene mal una mano que nos ayude en el camino.

No hablo aquí de gustos o preferencias, sino de calidad. No se puede comer caviar todo el día, pero tampoco vivir a base de hamburguesas. Lo importante es saber distinguir entre ambos y hacer la elección de forma consciente. Tampoco hablo, desde luego, de éxito de ventas: una mala novela puede vender millones de ejemplares. De hecho, se diría que es la norma.

Las primeras líneas dicen mucho de un texto, más de lo que pueda parecer a simple vista. Como poco, establecen el tono y el ritmo de lectura, el estilo del autor, el género de la obra, quizá incluso la temática concreta y casi siempre presentan al protagonista o a algunos personajes. Un escritor debe conseguir en el inicio que decidamos seguir leyendo, debe establecer una relación de confianza con el lector y debe marcar con esos párrafos una impronta de competencia y expectativas que no ha de traicionarse más tarde.

Son, por tanto, vitales.

Los comienzos que he seleccionado no son completamente reveladores, perfectos o nefastos. Es una decisión consciente, porque enseñar comienzos como de Cien años de soledad sería un error: es un arranque al que casi ningún escritor tiene alcance y que cualquier lector medio reconocería como excelente.

He reservado hasta el final de la entrada la información sobre el autor y la obra de cada uno para, en la medida de lo posible,  no condicionar la lectura del análisis.

1. Primer texto.

“La mayoría de las chicas guapas de verdad tiene unos pies bastantes feos, y así son los de Mindy Metalman, advierte Lenore de repente”.

No hay palabras difíciles en esta primera frase. Más bien al contrario. Parece una frase simple. Tonta, incluso. Pero es un engaño, porque en veinticuatro sencillas palabras tenemos:

– El nombre de dos personajes (Mindy y Lenore).
– El apellido de una de ellas (Metalman). Es un apellido sencillo de recordar, distintivo, con una aliteración que facilita que la asociemos con el nombre (Mindy Metalman).
– El sexo de los dos personajes (ambas son mujeres, o eso se deduce por el momento).
– Una estimación de su edad. Lenore habla de “chicas”, lo que es típico de jóvenes entre 15 y 30 años. Si fuera menor, diría “niñas”, y si fuera mayor, “mujeres”.
– Una descripción general de una de ellas. Mindy es “guapa de verdad” y además tiene “pies feos”.
– Un percepción memorable y aguda. Sea cierto o no, nos da que pensar que alguien afirme que las personas guapas tienen los pies feos. ¿Es cierto eso? No importa. Lo que importa es que con seguridad se nos quedará grabado. Quizá tratemos de comprobarlo la próxima vez que veamos a alguien guapo de verdad.
– La sugerencia inicial de que Lenore es una persona perceptiva.
– Una referencia a la ubicación de la historia (Lenore, Mindy, Metalman parece nombres anglosajones).

Puede que el autor nos engañe y luego indique que el caso de Mindy es distinto y que sólo tienen los pies feos sin nada de la presunta belleza de las chicas guapas de verdad, puede que Lenore sea nombre de chico, puede… que altere cualquier cosa. Pero aún así en esta frase está toda esa información para quien quiera leerla.

Hay más detalles que pueden analizarse (emplear “la mayoría” para no ser taxativo, incluir “de repente” cuando es posible que no fuera necesario hacerlo, etc.) pero no trato de ser exhaustivo.

La eficiencia comunicativa de este texto no es habitual. Sin más, con una frase corta y sin ruido, el autor ha sido capaz de marcar terreno y ganarse el respeto del lector además de transmitirle gran cantidad de información. Las siguientes frases (no incluidas) reforzarán esa impresión.

2. Segundo texto.

“En un momento en que nadie parecía prestarle atención, Bernat levantó la vista hacia el nítido cielo azul”.

Esta primera frase de dieciocho palabras aporta el nombre o apellido de un personaje (Bernat), cierto sentido de ubicación que se deduce del mismo (puede ser Cataluña) y desaprovecha una gran oportunidad. Comienza con una interesante premisa de tensión (“en un momento en que nadie parecía prestarle atención”) pero termina con una situación trivial y anticlimática (“Bernat levantó la vista hacia el nítido cielo azul”). Consideremos algunas alternativas.

Si en lugar de esto dijera:

“En un momento en que nadie parecía prestarle atención, Bernat vertió unas gotas sobre la copa.”

El lector estaría enganchado con el misterio. ¿La copa de quién? ¿Qué son esas gotas? Veneno, presumiríamos. ¿Morirá el dueño de la copa? ¿O descubrirán antes a Bernat?

O algo tan simple como:

“En un momento en que nadie parecía prestarle atención, Bernat cogió un tenedor de la mesa.”

¿Es un vulgar ladrón? ¿Es un tenedor de plata? ¿Es un niño con hambre? ¿Qué ocurrirá a continuación?

Sin embargo, con “levantó la vista hacia el nítido cielo azul“ hemos perdido el arranque inicial y lo diluimos para algo inútil en apariencia. No es excesivamente interesante que un personaje mire al cielo. No hay continuidad tensora con la siguiente frase.

Por otra parte, ¿cómo describe el autor ese cielo? Nítido y azul. Hay que preguntarse siempre cuánto aporta cada adjetivo. Por ejemplo, qué aporta que un autor use una palabra como “azul” para describir el cielo, sobre todo en consonancia con “nítido”. “Cielo nítido” o “nítido cielo” no suena demasiado bien, por lo que se justifica parcialmente que use el color para describirlo. La pregunta es, ¿por qué usar “nítido”? El lector presupone que el adjetivo importante (“nítido”) es necesario y por eso lo acompaña con “azul”. ¿Qué tal “Bernat levantó la vista hacia el cielo”? Perdemos ligeramente sin la descripción, pero no era  una descripción útil.

En todo caso la frase no es brillante y el comienzo parece cojear, pero démosle una oportunidad. No se puede condenar una novela por una única frase débil, aunque sea la primera. No es imprescindible que haya efectos especiales desde el comienzo.

La siguiente frase es:

“El sol tenue de finales de septiembre acariciaba los rostros de sus invitados”.

Bueno. El sol del nítido cielo azul es tenue. Cabe preguntarse si un sol tenue da como resultado un nítido cielo azul. Yo diría que no. Estamos a finales de septiembre. Bernat tiene invitados, por lo que puede que estemos en una fiesta o celebración.

No hay demasiada información en esta frase. Y van dos. Tampoco es una prosa destacable.

Por cierto, ¿para qué ha levantado Bernat la cabeza?

No parece un comienzo demasiado prometedor.

Las siguientes dos frases son:

Había invertido tantas horas y esfuerzos en la preparación de la fiesta que sólo un tiempo inclemente podría haberla deslucido. Bernat sonrió al cielo otoñal y, cuando bajó la vista, su sonrisa se acentuó al escuchar el alborozo que reinaba en la explanada de piedra que se abría frente a la puerta de los corrales, en la planta baja de la masía.

El autor no parece tener mucha prisa por contar la historia (lo que no es un defecto por sí mismo). Pero vemos que todo lo que habíamos deducido de las primeras frases está de nuevo contenido en estas dos. Si quitáramos aquellas y dejáramos sólo éstas, ¿no sería un mejor comienzo?

Había invertido tantas horas y esfuerzos en la preparación de la fiesta que sólo un tiempo inclemente podría haberla deslucido” es una excelente primera frase que el autor ha desperdiciado en favor de dos que no aportan nada. Hay relleno desde el comienzo. No hay problema por repetir ideas para reforzarlas, pero se percibe que el texto no está trabajado. Cualquier podría escribir esas frases y descripciones. El autor no es competente.

Por otro lado “sonrió al cielo otoñal y, cuando bajó la vista, su sonrisa se acentuó al escuchar el alborozo” es una estructura inepta falta de todo refinamiento. ¿No escuchaba acaso Bernat el alborozo mientras miraba al nítido cielo azul?

¿Sonrió al cielo otoñal? Ya sabemos que estamos en septiembre, ¿de qué me sirve la palabra “otoñal”?

¿Se acentuó su sonrisa?

¿En serio?

3. Tercer texto.

El “Recodo del Francés” era una extensión de rica tierra de aluvión situada a veinte kilómetros al sudoeste de Jefferson.

Un topónimo curioso, con historia (¿por qué se llamará “Recodo del Francés”?), una ubicación (veinte kilómetros al sudoeste de Jefferson) y una descripción cuando menos fresca (“rica tierra de aluvión”). No es la mejor primera frase de la literatura, ni es especialmente evocadora, pero no hay nada reprochable en ella. El tono es serio y firme.

Sigamos:

Aislado entre collados, bien individualizado y, sin embargo, carente de límites, hallábase empotrado entre dos condados sin depender de ninguno, había sido concesión y lugar originario de una enorme plantación antes de la guerra civil.

Del mismo modo que en la frase anterior, el autor incluye aquí una matización de época (estamos en la guerra civil estadounidense — recordemos: Jefferson — o después) y una descripción más elaborada. El escritor ya ha encajado  información sobre el pasado del terreno (“lugar originario de una enorme plantación”), algo de historia (“guerra civil” y “concesión”), y geografía física y política (“aislada entre collados”, “individualizado y sin embargo carente de límites”, “entre dos condados”). No hay ni una palabra inútil. No sobra ni una coma.

La estructura se complica. No es una frase sencilla, y el tono sigue siendo serio, recio. No parece una historia de humor y el autor parece ser exigente con el lector.

Las dos siguientes frases:

Sus ruinas — el cascarón desvencijado de una quinta monumental, con cuadras y corrales vacilantes, jardines, terrazas y paseos invadidos por la hierba — se denominaban aún el Viejo Francés a pesar de que su delimitación inicial, ahora, existía únicamente en viejos papeles amarillentos, guardados en las oficinas de la Cancillería del tribunal de Jefferson; y algunos de sus campos, que tan fértiles fueron, desde largo tiempo habían recobrado su estado virgen de cañaveral, moteado de cipreses, del que los había liberado el hacha de su primer dueño.

Vemos ahora que el autor se había estado conteniendo en las dos primeras frases para no avasallar al lector. Ha ido aumentando progresivamente la longitud y dificultad de cada sentencia y aquí ya desborda potencia narrativa. Sin tener que recurrir a ningún artificio nos ha introducido de lleno en una narración rica y compleja y nos deslumbra con un ritmo imparable mientras describe con maestría. Hay demasiado que contar de estas frases como para poder detenerme en ellas. Sólo apuntaré algo sobre dos palabras:

– “jardines, terrazas y paseos invadidos por la hierba“. No “cubiertos de hierba“, ni “con hierba“, ni “tapados por la hierba“, sino “invadidos por la hierba“. Una historia contenida en un solo verbo exacto: el paso de los años, el abandono y la lucha y victoria final de lo salvaje cuando la mano del hombre se retira, con tan sólo un sencillo verbo. Invadidos. Os invito a buscar uno mejor.

– “cuadras y corrales vacilantes“. Un adjetivo certero que resume de un plumazo inmediato. Nos los podemos imaginar temblorosos, a punto de caer, sosteniéndose piedra sobre piedra a duras penas. Si probamos a sustituir ese adjetivo por otro (“vacilante” por “tembloroso“, o por “inestable“), la frase pierde fuerza, cuenta menos, es menos evocadora. Menos perfecta.

Ejercicio: comparar con “nítido cielo azul”.

4. Cuarto texto.

Una línea solitaria de sangre se escurre por el pálido interior de su brazo, una costura roja en una manga blanca.

Es una frase interesante. Nos sitúa en una escena con cierto misterio (¿de quién es la sangre? ¿es una herida seria o sólo un pinchazo?) y la metáfora no es mala (“costura roja en una manga blanca”), aunque quizá sea algo recargada para el comienzo. No soy capaz de establecer de forma definitiva una opinión sobre este texto.

Las dos frases siguientes son:

Al principio, Alice cree que es una mosca y no le presta atención. Los insectos son un riesgo laboral en las excavaciones, y por alguna razón hay más moscas en los alto de la montaña, donde está trabajando, que en el yacimiento principal, allá abajo.

Ya empezamos a ver algo más claro. El nombre del personaje, Alice, no es especialmente original, pero tampoco tiene por qué serlo. De hecho, Alice es un nombre sencillo de recordar y empieza por “A”, la primera letra del alfabeto. Una estrategia simple, pero efectiva. La segunda frase no aporta mucho más.

Pero la tercera es definitiva.

El autor del texto ha empleado un recurso ridículo (una mosca) para enlazar la primera y la tercera frase. Habría que pararse a pensar cómo una costura de sangre que corre por un brazo pálido puede confundirse con una mosca, pero incluso haciendo un ejercicio de imaginación, vemos en la tercera frase la torpeza del escritor.

Los insectos son un riesgo laboral en las excavaciones“. Lo desconozco. De verdad. Pero me sorprende que las moscas sean un riesgo laboral en las excavaciones. Un incordio, seguro. Una molestia. Pero no un riesgo laboral. Aún así, siguiendo con nuestro acto de fe, nos preguntamos: si de verdad son un riesgo laboral, ¿por qué Alice dice en la frase anterior que “no le prestó atención“? ¿Son o no son un riesgo laboral? ¿No le prestamos atención a los riesgos laborales? Puede que Alice sea simplemente despistada, o una intrépida. Pero nada en el texto nos lo indica y, en cambio, nos hace dudar mucho sobre la capacidad del escritor: todo apunta a que ha enlazado de esta manera tan pobre sangre y mosca, solamente para decirnos de manera indirecta dónde estamos (en una excavación).

y por alguna razón hay más moscas en lo alto de la montaña, donde está trabajando, que en el yacimiento principal, allá abajo“.

Ok a las moscas. Parecen ir con el misterio de la sangre. Las moscas acuden a la sangre y puede que su mayor presencia en lo alto de la montaña tenga que ver con eso.

Pero de nuevo se ve la incapacidad a la hora de narrar la historia. Vamos a probar algunos cambios:

“Una línea solitaria de sangre se escurre por el interior de su brazo, una costura roja en una manga blanca. Al principio, Alice cree que es una insecto y no le presta atención: por alguna razón hay más moscas en lo alto de la montaña, donde está trabajando, que abajo en el yacimiento principal.”

Hemos ahorrado algunas palabras, hemos quitado la palidez del brazo (ya la resaltamos con la “manga blanca”), hemos eliminado el riesgo laboral — algo siempre deseable –, hemos facilitado la confusión de Alice (las moscas difícilmente pueden confundirse con líneas rojas, pero un insecto, algo más genérico, quizá), etc.

También hemos perdido la referencia a “excavación”. Pero manteniendo “yacimiento” se cubre la necesidad informativa. ¿Qué se hace en un yacimiento si no es excavarlo? Puede que muchas cosas, pero dado que el autor no lo menciona y sólo utiliza “excavación” y “yacimiento”; ambos elementos juntos son redundantes.

Los cambios que he realizado no son óptimos, pero evidencian que el texto original tampoco lo es. Demasiado… vacilante.

Conclusiones

Es relativamente simple deducir de las primeras frases o páginas de un texto si es prometedor, si encaja con una línea editorial, si está mal contado, si es exigente, si se ha trabajado o es un borrador, etc. Otros factores, como si la trama está bien resuelta o los personajes son creíbles necesitan más lectura, pero es coveniente recordar algo: que los libros están hechos de palabras, y que éstas hablan antes de que lo haga la historia.

Dos de estos textos son de autores superventas. Los otros dos, de escritores altamente respetados en el panorama literario mundial, uno de ellos Premio Nobel de Literatura.

Seguro que sabéis distinguirlos.

Textos:

– Texto 1: La escoba del sistema, David Foster Wallace.

– Texto 2: La catedral del mar, Ildefonso Falcones.

– Texto 3: El villorio, William Faulkner.

– Texto 4: Laberinto, Kate Mosse.


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